De aquí a unos pocos años, en su ceremonia de canonización, entre reverencias de históricos y ovaciones del público, nadie recordará el Abierto de Argentina conquistado por Rafael Nadal. Se perderá en su rebosante lista de trofeos, siendo ya 65, y sólo se atenderá por el récord de conquistas en tierra batida, pues ésta iguala las 46 del argentino Guillermo Vilas. Una inhabitual correría por la periferia del circuito profesional, los torneos ATP 250, que no merecerá más consideración en el futuro...
Pero que en el presente cuenta con un alto valor. Nada tiene que ver con la tercera posición del ránking mundial que le devuelve Andy Murray con sólo una semana de 'uso'. Su importancia es anímica. El español no levantaba un trofeo desde el pasado Roland Garros, hace ya nueve meses, y la necesidad de estrenar su palmarés esta temporada, tras los traspiés en primera ronda de Doha, en cuartos de final del Abierto de Australia y en semifinales de Río de Janeiro, estaba extremándose. Requería tranquilidad y ya la tiene.
Ahora puede centrarse por completo en su tenis. Continúa Nadal lejos de su mejor versión, influenciado por las dolencias que le atormentaron al cierre del curso pasado, aunque su evolución es evidente. Empezó su gira por Sudamérica irregular en el servicio, a kilómetros de la pista, fallando con su derecha y negándose a golpear de revés y el domingo, en la final ganada a su compañero de dobles Juan Mónaco por 6-4 y 6-1 en una hora y 26 minutos de juego, esos problemas se presentaron aligerados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario